Hay una distancia inmensa entre lo que proyecta un escenario iluminado y lo que ocurre en el cuerpo de quien lo sostiene cuando las luces se apagan.
En redes compartí el resultado, la euforia y esa definición que resume la esencia del espacio: abrir la puerta a nuestro alter ego y reclamar el poder sin pedir permiso. Pero hoy no vengo a contarte solo la foto final. Hoy quiero abrirte la puerta trasera de lo que significó sostenerlo.
Sostener el pulso en medio de la tormenta
Durante los últimos meses, levantar esta novena edición ha sido, sin duda, la prueba de resistencia más dura que me ha tocado atravesar. Mientras cuidaba cada detalle de la experiencia para que fuera impecable, por dentro sentía que el suelo se me abría bajo los pies. Estaba transitando un proceso de separación y, al mismo tiempo, gestionando un quiebre financiero y estructural en mi empresa arrastrado por errores administrativos anteriores: notificaciones, multas de Hacienda, números en tensión constante y una incertidumbre que por momentos no me dejaba respirar.
Hubo días en los que levantarme parecía pedirle demasiado a un cuerpo agotado.
Y en medio de ese vértigo, la figura de mi padre no dejaba de rondarme. Crecí viéndolo tropezar, caer y volver a levantarse sin rendirse jamás. De él me quedó grabada a fuego una lección que es brújula en mi vida: cuando das tu palabra, la cumples. Si te caes, te sacudes las rodillas, te pones en pie y sigues hacia adelante. Tu determinación tiene que ser más rápida que el miedo. Y mi palabra estaba empeñada con este evento y con cada mujer que había decidido confiar. GRANDIOSA iba a existir, costara lo que costara.
El silencio después del aplauso
El día del evento la magia fue INCREIBLE. La energía de la sala tenía una densidad tan pura que parecía transformar todo lo que tocaba.
Pero el colapso no llega en la batalla; llega en el silencio.
Al día siguiente, cuando la adrenalina bajó a cero y me quedé a solas con las cuatro paredes de mi casa, el cuerpo me pasó la factura entera. Me dio un ataque de pánico, ansiedad... ya ni sé qué nombre ponerle. El pecho cerrado y una voz corrosiva instalándose en mi cabeza: «Esto ha sido demasiado grande para ti. No vas a poder sostenerlo en el tiempo. No estás a la altura de esta escala».
En medio de esa asfixia, recordé cuando en el evento les decia: somos un espejo.Recordé la forma en que me miraban. No había juicio, no había dudas; había un reflejo limpio de fuerza, complicidad y grandeza. En ese instante me di cuenta de que me estaba recargando de su propia energía. Si ustedes veían esa solidez y esa luz en mí, era imposible que fuera una mentira: estaba ahí, sosteniéndome incluso cuando yo misma no podía verme.
Volver para nombrarlo
Han tenido que pasar varios días. Días de silencio, de procesar el golpe, de ordenar el caos y de entender que la vulnerabilidad y la fuerza no están peleadas; conviven en el mismo cuerpo. Hoy por fin puedo mirar hacia atrás, respirar hondo y hablar de lo que pasó.
Y lo que pasó fue GRANDIOSO.
Cada imagen que vas a ver a continuación es el testimonio de esa verdad: mujeres habitando su poder más crudo y recordándonos que, pase lo que pase afuera, cuando nos encontramos en este espacio somos invencibles.A todas las que cruzasteis esa puerta: gracias por devolverme el reflejo cuando más lo necesitaba.