Dicen que la primera vez que emigras te rompes, pero la segunda... la segunda te desarmas por completo.Llegar a Madrid no fue solo aterrizar en una ciudad nueva; fue sentir que había perdido mi casa por segunda vez.
Ya me había ido de Tocuyito a los 16 años, huyendo del dolor, y de repente, ahí estaba de nuevo: sin suelo, sin raíces y con una depresión que me hacía sentir que no pertenecía a ninguna parte. En esos días, mi cuerpo y mi mente solo intentaban ajustarse a algo que les costaba procesar; me sentía perdida.
Entonces, la fotografía apareció como un refugio
Empecé a disparar porque me obligaba a mirar a los ojos a otras mujeres cuando yo ni siquiera podía mirarme al espejo. Y en ese proceso, ocurrió algo que me salvó. Conocí a mujeres que, al ponerse frente a mi lente, también se sentían perdidas. Mujeres que no podían verse, que se sentían invisibles en sus propias vidas.
Lo que no sabía en ese momento es que conocer sus historias era mi verdadera medicina. Yo estaba en un lugar oscuro, pero desde ahí podía ver la luz de ellas. Escucharlas y captar su verdad fue lo que me ayudó a levantarme. Cada vez que una mujer se reconocía en mis fotos y compartía su historia conmigo, yo recuperaba un trozo de mi propia casa.
Entendí que mi hogar no era un lugar físico, sino la capacidad de volver a conectar con la vida a través de los ojos de las demás. Sané sanándolas a ellas. Aprendí que nuestra historia —la que duele, la que nos obliga a reconstruirnos y a huir— es, precisamente, lo que nos hace reales.
No salí de aquel lugar oscuro sola; salí de la mano de cada mujer que se dejó ver por mí cuando yo más necesitaba volver a encontrarme. Y cuando vuelvo a ese terreno, seco , sin luz... Siempre consigo inspiración allí.