A veces hay que cruzar un mar y pisar el desierto para entender que el lugar del que vienes nunca se fue del todo.
Viajar a Marruecos no fue solo cambiar de escenario. Fue, inesperadamente, una conexión directa con mi pasado. Al caminar por sus calles, me encontré de frente con la dinámica familiar de mi barrio pobre en Venezuela; una realidad cruda que el brillo de Madrid a veces me hacía olvidar. Allí, entre el polvo y el caos tan vivo, las piezas empezaron a encajar.
Estar en un país donde el alcohol no es bien visto me obligó a mirar una herida que llevaba años cubierta por el ruido. Entendí cosas de mi padre, de su alcoholismo, y de cómo esa sombra marcó mi propia historia. Fue un proceso de perdón silencioso, nacido de observar una cultura que respeta códigos que en mi casa nunca existieron. Marruecos no me regaló respuestas nuevas, pero me devolvió una mirada mucho más amable sobre mi pasado.
Este "Viaje de Alma" me hizo hacer un recorrido por el valor real de las cosas. En el barrio aprendí que si quieres algo, tienes que tomarlo; en Marruecos entendí que, a veces, para tenerlo todo, solo necesitas volver a lo más simple. La belleza en lo imperfecto: Entendí que el caos tiene su propio ritmo y que no todo necesita ser pulido para tener alma.
El silencio como respuesta: Aprendí que hay verdades que solo se aclaran cuando dejas de hablar y permites que el espacio haga su trabajo. Cuidarme es una decisión: En rituales como el hammam, comprendí que el cuerpo también necesita atención y que parar es el mayor acto de poder.
No se trata del lugar, sino de lo que entendí allí
Hay sitios que no visitas, te atraviesan. Y hay polvos que, en lugar de ensuciar, limpian la mirada para que dejes de ver tu historia como una carga y empieces a verla como el cimiento de la mujer que eres hoy.